Anoche descubrí que no existe para mí la herramienta perfecta, definitiva para escribir. En realidad, mi herramienta perfecta varía según el momento.
Puede ser mi móvil cuando no tengo otra cosa a mano, le puedo acoplar un teclado si las circunstancias lo permiten.
Puede ser también un cuaderno de notas, como la última vez que salí de excursión, o al redactar esta misma entrada del blog.
Puede ser una máquina de escribir manual, cuando de explotar la nostalgia se trata, o térmica si no puedo armar demasiado escándalo.
Puede ser la Raspberry dedicada que tengo en mi cuarto de trabajo, cuando no puedo o no quiero estar en el despacho.
Puede ser cualquier cosa y en cualquier lugar. Y, al final, cualquier texto tiene que pasar sí o sí por el ordenador.
Eso lo descubrí anoche al terminar de escribir todo un señor capítulo con el móvil, a pelo, tumbado en la cama, a las dos de la mañana.
Ahí me di cuenta de lo que ya sabía: que estoy lleno de excusas.
Me di cuenta también de lo afortunado que soy por disponer de tanta versatilidad y del tiempo que he perdido en búsquedas absurdas, pero supongo que es parte del proceso de la vida: cagarla y aprender.
Así que sí, a fuerza de escribir, por fin he entendido que la herramienta es lo de menos.


